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Abejas, miel y Agave en la sierra norte de La Barca, Jalisco

Quizás hayas probado el tequila o el mezcal. Pero ¿te has preguntado que está pasando en los campos de Jalisco donde crece el Agave?

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Mi interés en la naturaleza comenzó en Jalisco a través de las enseñanzas de mi abuelo, Felipe Aviña Ramírez, quien ahora tiene 86 años. Comenzó trabajando con abejas con sus hermanos, pero ahora, desde que regresé a mi ciudad natal por la pandemia, después de terminar la carrera de Biología en la Universidad Autónoma de Baja California, yo soy su ayudante principal.

Mi papá y abuelo revisando colmenas, asegurando que se estén desarrollando de manera saludable y que no haya plagas presentes. Fotografía: Elizabeth García.

Mi abuelo, quien ha trabajo con abejas desde hace casi 60 años, es bien conocido por la miel que produce y es muy común escuchar a personas que han consumido de sus cosechas preguntar: “Don Felipe, ¿todavía tiene miel?” Sin embargo, mi abuelo me cuenta que las cosas son diferentes ahora.

Mi abuelo, las abejas y yo vivimos en el poblado de La Barca, Jalisco, al suroeste de Guadalajara, en el límite con el estado de Michoacán. Los apiarios están rodeados de una selva baja caducifolia que cambia de verde, con las lluvias de verano, a pardo, en la temporada de sequía. Este cambio de estaciones permite que al año tengamos dos cosechas, una en mayo y otra en octubre. Pero el clima y el entorno han cambiado desde los años 80. Tanto así, que compañeros apicultores se han trasladado a otros espacios como la zona de los altos en Jalisco, buscando vegetación de mezquite. Aun así, se escucha que este año la cosecha fue menor a la acostumbrada. En nuestro caso, las abejas ya no nos dan miel suficiente para que nosotros la colectemos en primavera, así que les dejamos la poca que alcanzan a producir para su propio consumo. Ahora nosotros solo cosechamos en octubre.

Y no solo es el clima lo que ha cambiado. Mi abuelo y yo vemos que el cerro es diferente. Antes, la planicie donde mantenemos a nuestras abejas se aprovechaba para la agricultura, mientras que la vegetación de los cerros circundantes se conservaba. Ahora, con el cultivo de agave para la producción de tequila, las faldas de los cerros se han pintado de azul. El desmonte de las laderas es más frecuente, lo cual nos perjudica como apicultores pero también como población. ¿Qué va a pasar si cada vez tenemos menos espacios intactos? Esto no solo afecta nuestros ecosistemas sino que también nos lleva a la pérdida de cultura.

Campos de Agave cerca de los apiarios. Fotografía: Elizabeth García.

Cerca de uno de los tres apiarios que tenemos, hay un árbol muy especial para mí: un enorme copal (Bursera bipinnata). Llamó mi atención un día que, al pasar cerca, escuché un zumbido constante. Abejas mieleras, provenientes de Europa, y otras de diferentes especies coqueteaban con sus pequeñas flores blancas. La resina del copal se ha usado desde tiempos prehispánicos para rituales y ceremonias por los indígenas que habitaban esa zona. Nosotros como apicultores usamos su resina para aromatizar el ahumador, pues nos ayuda a calmar a las abejas y consideramos que puede ayudar a prevenir enfermedades en las abejas. Este es solo un ejemplo de lo que se puede perder si no se conoce y cuida lo que tenemos.

Las plantaciones de Agave están acelerando la pérdida de biodiversidad y afectando el modo de vida de los productores locales de miel como mi abuelo y yo. Al tratar las plantas de maguey con herbicidas nos afecta de manera directa ya que sin esta vegetación, se limitan las fuentes de alimento de nuestras abejas mieleras. Y la relación va en ambos sentidos: Las abejas, aún sin darse cuenta, transportan los genes de la siguiente generación de plantas que rodean al apiario.

“[H]e observado muchos enjambres silvestres en cada hendidura de los árboles cercanos al apiario”, me cuenta mi abuelo. “[Las abejas] mantienen vivas las plantas en cada generación y puedes notar cuáles son sus plantas favoritas. [Algunas de ellas son] el copal, mezquites, huizaches y papelillos, son algunos de los árboles de esta temporada de sequía, así como nopales arbóreos y hierbas pequeñas que florecen sin esperar a las lluvias”.

Utilizando la tecnología para compartir mi pasión por las plantas

Desde que regresé a La Barca, observo con más cuidado a los animales y plantas que encuentro en mi camino a los apiarios, ya sea a pie o en coche. Estos recorridos me inspiraron para comenzar un herbario en mi casa y así registrar la vegetación de la zona. He podido observar plantas como: cardones (Stenocereus quetaroensis), siemprevivas (Selaginella lepidophylla), helechos (Myriopteris myriophylla), mayitos (Zephyrantes fosteri), papelillos (Euphorbia tanquahuete), copales (Bursera bipinnata), gallitos (Tillandsia recurvata), entre muchas otras plantas. El registro es amplio y una expedición más extendida sería ideal para generar más datos de biodiversidad. Los apiarios se encuentran en diferentes puntos del cerro, por lo que se puede ver diferencia de microclimas y la variación en la vegetación.

Como biólogas/os a veces se espera que sepamos el nombre de todas las especies que existen, pero al iniciar un proyecto en una zona con la que no estamos familiarizados, puede ser complicado. Por suerte ahora tenemos herramientas como Naturalista, una aplicación que permite a la comunidad de científicos, ciudadanos y aficionados, identificar especies. Fue así que, con el fin de conectar a los observadores de la zona como yo, creé el proyecto en Naturalista llamado “Biodiversidad de La Barca Jalisco”. ¡Varias de esas fotos me han costado uno que otro piquete de abeja en las rodillas!

Crear mi propio herbario me ha ayudado a observar con calma los detalles de las plantas, el cuidado y la paciencia que se requiere al momento de colectar y preservar organismos. Me gustaría utilizar estos ejemplares como herramientas de educación ambiental en mi localidad.

El impacto del conocimiento de mi abuelo no solo ha alimentado mi propia curiosidad e interés, sino también el de otras personas, como es el caso de Fernando, otro apicultor de la zona.

“Cuando era chiquillo, más o menos a los 11 años, yo conocí a Don Felipe, tu abuelo y me enseñó la grandeza del medio ambiente, de los beneficios que nos da [y] la tranquilidad que brinda. Sin embargo he observado la disminución de producción por cambio de usos de suelo para agricultura, uso de pesticidas e invasión de pastos”, comenta Fernando.

Una mujer en el campo

Aunque mi abuelo y yo compartimos el amor por la naturaleza, también tenemos diferentes opiniones. En algún momento dudó de mis capacidades para el trabajo de campo por ser mujer. Pero en lugar de discutir, le he ido demostrando que soy capaz de hacer desde trabajo de oficina hasta del cerro. Como bióloga, la mayoría de mis trabajos o participaciones en proyectos han sido en campo, con jornadas pesadas, caminatas largas, temporales calurosos, mosquitos hambrientos, mordidas de ácaros y, en este caso particular, con piquetes de abejas. Las mujeres somos capaces de todo igual que los hombres.

Trabajar con mi abuelo me ha enseñado a apreciar la vida de manera sencilla, aspirando a crecer el conocimiento constantemente no solo desde los libros, como lo he hecho durante mi formación como bióloga, sino también desde el trabajo y la experiencia; a descansar en las rocas, observar, escuchar. Solo así conoces tu espacio y cómo cuidarlo.

Aunque mi abuelo inició en la apicultura con la idea de que se volviera un negocio familiar, para mí es más que eso. Esta actividad no solo nos acerca al medio ambiente si no que nos ha dado momentos para compartir en familia, desde el trabajo en equipo en los apiarios, hasta las risas en la bodega cuando se realizan las cosechas y reacomodo de material. Qué maravillosa sensación ver el asombro e interés de otras personas por algo tan importante en el mundo, las abejas y sus relaciones con el ambiente natural.

Con la experiencia que he adquirido en el campo con mi abuelo, a través de los libros y con grupos como Fauna del Noroeste A.C. y el Museo de Historia Natural de San Diego (The NAT), planeo continuar mi carrera en el área de genética de la conservación, con la finalidad de seguir estudiando interacciones naturales y su importancia en el ecosistema.

Conservar esta tradición apícola solo será posible si las abejas tienen flores para visitar y para eso, quizás sea necesario cambiar la manera en la que se cultiva — sobre todo, Agave.


Elizabeth García es bióloga por la Universidad Autónoma de Baja California. Realizó un internado en el Museo de Historia Natural de San Diego trabajando con bases de datos en el departamento de Herpetología. Las colecciones del museo le hicieron ver a las abejas de su comunidad con nuevos ojos. En el futuro le gustaría participar en proyectos de genética con fines de investigación y conservación de especies y ecosistemas. Síguela en Instagram como egaiav y en Naturalista como egarciaav.

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